Perdiendo el miedo a escribir (con Míriam Beizana Vigo)

Todavía recuerdo esa maldita figura tenebrosa con ojos rojos que me acechaba cada vez que me disponía a escribir. Lo hacía siempre a solas, hasta que aparecía un ente de brazos largos y sigilosos movimientos, emanando ese aire gélido como un soplo en la nuca que me erizaba la piel.

Yo quería escribir sobre un chico que se enamoraba de otro, pero luego lo borraba todo o rompía en mil pedazos aquel folio. Entonces escribía sobre un chico que se enamoraba de una chica que blablabla. Escribía historias con las que no me sentía a gusto por el miedo al qué dirán.

Me cortaba, sentía vergüenza, tenía miedo de que alguien leyera esas historias para luego reírse de mí o ridiculizarme al extremo. El ente me lo prohibía poniendo sus enormes garras sobre el papel para impedírmelo y yo le obedecía sin saber si me estaba protegiendo o trataba de persuadirme para que escribiera otras cosas.

Mis libros prohibidos no eran aquellos sobre magia negra ni pócimas secretas, tampoco eran códigos secretos capaces de poner en tela de juicio al planeta entero. No, mis libros prohibidos eran esos otros que hablaban de homosexualidad. Yo los encontraba  interesantes porque se asemejaban mucho más a lo que yo vivía y, por tanto, con los que podía sentirme identificado. Nunca tuve serias dudas, pero sí que es cierto que aquellas lecturas ayudaban a sentirme menos raro, a ser uno más de los muchos que se escondían por miedo al rechazo, a la fobia.

He intentado por todos los medios posibles recordar esos títulos que leía en la sala de la biblioteca de mi instituto porque me daba mucha vergüenza que alguien me viera con ese libro en las manos. Además, la bibliotecaria sabría lo que me interesaba leer y sentía que se me caía el mundo solo de pensarlo. Así que me escondía entre las estanterías para leer y, además, ocultaba ese libro dentro de otro. Ya sabéis por qué.

Lo pasaba mal porque no me sentía libre. De hecho, era menos embarazoso que me encontraran viendo porno heterosexual que leyendo cualquier libro donde el protagonista era «claramente homosexual» en la portada.

¡De verdad que no logro recordar qué libro era! Aquella historia me gustaba, contenía lo que estaba buscando porque quería sumergirme en esa historia de amor y vivir una tórrida escena sexual entre hombres.

El resto de alumnos señalaba con el dedo —en el mejor de los casos— a los chicos de la otra acera. Era tan duro tener que escuchar frases como: «maricón, tú no entres en el baño si estoy meando». Entonces, daba media vuelta y esperaba en el pasillo hasta que se largaban y podía entrar sin temor.

Por eso mismo y para evitar otros muchos encuentros incómodos, leía apartado de los demás. La distancia era esencial para casi todo.

En casa, el miedo me atenazaban la garganta, un miedo bastante inútil, por cierto. Es lo que tiene no atreverse a decir nada, así que callaba y aparentaba hacer lo que estaba bien visto. Pero me veían escribir, nunca me veían jugando a fútbol. En definitiva, mostraba interés por cosas que la gran mayoría de chavales ignoraba. Ahora me parece tan discutible como ridículo, dicha sea la verdad.

Entonces cuando me quedaba a solas en mi habitación, entraba aquella extraña y temerosa figura que me impedía escribir con tranquilidad y ser simplemente yo.

Quería escribir historias como las que leía en «mis libros prohibidos», pero los prejuicios son los prejuicios y si no hacemos nada para eliminarlos, seguirán atormentando a las nuevas generaciones como ese puto ente de brazos largos que me visitaba de pequeño para censurarme la mente.

Mírame ahora, puedo publicar textos como este en el blog con la misma seguridad que un león caminando por la sabana.

Afortunadamente, estamos en la era dorada de la diversidad y ahora muchos escritores se lanzan a publicar sin miedo sus trabajos sabiendo que no van a ser señalados con el dedo o discriminados por ello. Cierto es que, en los 90, ya era más fácil, sobre todo en este país. Conviene recordar que existen otros muchos países donde la homosexualidad o la diversidad sexual es sinónimo a pecado y condenas de prisión, también de agresiones, humillaciones públicas y ahorcamientos.

Os recomiendo la lectura de Antes que anochezca del escritor cubano Reinaldo Arenas, que es una autobiografía contada poco antes de su muerte.

Cambiando ligeramente de rumbo, pero hablando de miedos y entes acechantes, Míriam Beizana Vigo ha venido a este blog para contarnos su experiencia como escritora. Gracias a su artículo Yo no escribo novela lésbica, ha surgido esta colaboración que espero que sea la primera de muchas en este nueva sección llamada Escritores valientes.

Míriam Beizana Vigo

Míriam Beizana Vigo

Cuando empiezas a escribir, tan joven, tan inexperta, un tanto atemorizada, la valentía brilla por su ausencia. ¿Cómo podemos ser osados si ni siquiera sabemos lo que es la osadía? Hemos leído muchos libros antes de tomar la determinación de sentarnos a contar nuestras propias historias e, innegablemente, esos libros están llenos de referencias y de tópicos que nos sirven como base. La heterosexualidad, el protagonismo masculino, los cánones sociales en definitiva. Yo empecé a idear mis propias historias desde muy niña. Era literatura pobre, desde luego, pero ahí estaba la intención que fue creciendo cada vez más y más.

Me siento orgullosa de esa Miriam, a pesar de que tardó mucho tiempo en dejarse ser ella. Pero claro, ¿quién puede culparla?

Primero hay que dejar de mentirse y, después, dejar de mentir en la literatura.

Mi primer personaje LGBT surgió cuando tenía unos trece o catorce años. La novela se titulaba Fórmula X y era una novela policíaca ambientada de A Coruña. La protagonista, Olivia se enamoraba de Pablo, el subinspector que la acompañaba en sus turnos. La joven convivía con Olga, su mejor amiga que, en secreto, estaba enamorada de ella. Cuando Olga toma la resolución de confesarle su amor, Olivia se ve en la obligación de rechazarla por su firme heterosexualidad y su relación con Pablo. Sí, ese fue mi primer drama lésbico.

Esa novela no la leyó nadie. Sin embargo, esa premisa la fui rescatando hasta que tuve la suficiente fuerza para decidirme a alzar a esa Olga como el personaje principal. Aquí se escribe muy rápido, en una línea, pero detrás de este puñado de palabras hay varios años de tortura personal, de amedrentamiento y de miedo. Sí, miedo. O cobardía. Lo que te convierte en una persona escondida, temerosa. Pero al final las creencias o lo que somos tiene que salir por alguna parte: el miedo es una barrera que se puede franquear.

Yo ahora mismo soy capaz de escribir sobre esto sin que me tiemble el pulso. Pero hace poco más de dos años publiqué mi primera novela con un pseudónimo M.B.Vigo por ese mismo y dichoso temor. Era un temor real. Las semanas siguientes de lanzarla al mercado me costaba dormir, temía a las represarías. ¿Qué represalias? De dos vertientes fundamentales: mis dos protagonistas eran lesbianas y, para colmo, se criticaba muy duramente un colectivo religioso.

Ahora, un tiempo después, veo que mis temores no eran del todo fundados. O sí. Quiero decir, sí que existieron represalias pero tuve que saber no darles la importancia requerida. Además, cuando vecemos el miedo y nos volvemos valientes, encontramos personas, lectores y lectoras, al otro lado, que de un modo u otro nos lo agradecen. Creo que ese es el secreto que me llevó a mí a firmar la novela con mi nombre y mis dos apellidos (y las que vendrán después). Las ganas de transmitir un mensaje personal, real y necesario. El exponerme, de alguna manera, para que todos los que lo necesitaran tuvieran una historia a la que aferrarse.

Lo que es realmente aterrador es que no podamos ser fieles a nosotras mismas. Que tengamos que disimular querer escribir algo que no queremos escribir. Que intentemos ser complacientes incluso en algo tan íntimo y tan personal como la escritura.

¡Muchas gracias por venir, Míriam!

Twitter: @Marafarinha

Blog: https://miriambeizana.com/

 


Ahora ya sabes que el miedo no te llevará a ningún sitio. Sé valiente, enfréntate a tus monstruos y no dejes que sean ellos los que dicten lo que tienes que leer o escribir.

 

¡Besos y abrazos!

 

 

 

 

 

 

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