Escribir desde las vísceras

Como escritor, siempre trato de transmitir algo, una sensación, un mensaje, lo que sea con tal de que te deje un regusto más dulce o menos amargo en el paladar. En realidad, trato de aplicar esta misma idea a todo lo que hago, para justificar aquello de que soy muy pasional.

Y por ahí van los tiros.

¿Por qué escribo desde las vísceras?

A raíz del relato publicado la semana pasada, he recibido algunos comentarios que me han llamado mucho la atención. No es que me hayan dejado críticas negativas y malolientes, para nada, todo lo contrario. Me gustan, sobre todo el de @Plagiando_Alter .

¿Para qué te voy a mentir? Si tú recibes una buena opinión sobre algo que hayas hecho, ¿no te sientes mejor y te anima a continuar? Luego hay quienes a pesar del «no lo hagas», lo hacen sin pestañear, a lo suyo, ignorando la advertencia.

Pero no voy a hablar de lo que suelo hacer mal que se podría decir que es casi todo, sino de una de las pocas cosas que hago bien.

Cuando escribo solo pienso en desgarrarte algo dentro del pecho y que sientas con cada palabra que lo que te estoy contando es una verdad, aunque sea de ficción, pero verdad al fin y al cabo. Dice CrisMandarica que no podemos ser siempre objetivos en todo lo que escribimos porque estariamos faltando a nuestra razón de ser y la razón por la cual soy escritor es porque tengo muchas cosas que contar.

Si pudiera volver atrás en el tiempo, regresaría a un momento muy determinado de mi vida. Han pasado ya diez años, puede que alguno más. En mi mente tengo una fotografía sin fecha y hora en la que puedo verme sentado en el autobús, pegado a la ventana y con un cuaderno de bolsillo en la mano. Llovía, hacía mucho viento y tenía los pies helados y cuando tengo los pies helados, tengo frío en todo el cuerpo, aún así, por dentro sentía las llamaradas de una idea que nació como una diminuta chispa. ¿Alguna vez se te ha apagado una cerilla al instante? Pues para que no desaprovecharla, empecé a tomar notas de aquellas fulgurantes palabras. Más que frases, fue un listado de ideas, conceptos, nombres, lugares.

Ojalá lo hubiera conservado en lugar de formar una pelota de papel y quemarla con el mechero. Por aquellos años fumaba a escondidas, o yo creía que nadie lo sabía.

Esa tarde, entre montones de cajas de una mudanza, me acosté sobre la cama con otro cuaderno mucho más grande y empecé a escribir cual vomitona que terminas con lágrimas en los ojos y un doble vacío en el estómago. Pasé muchas horas escribiendo. No tenía hambre, solo siquiera llegué a cenar, solo quería escribir. Recuerdo muy bien que ese cuaderno de anillas con un snowboarder en la portada no fue suficiente y tuve que ir a buscar otro entre las dichosas cajas.

Sé que cualquiera me habría preguntado si me encontraba bien o si estaba enfermo. ¿Que si estaba bien? ¡Estaba mejor que nunca! Me había recuperado, eso era lo que estaba sucediendo. Tras varios años alejado de libros y cuadernos esa fue la enfermedad, sentía una energía tan arrolladora que mis manos eran incapaces de controlar. Y yo odio ver mi caligrafía ilegible, creando un lenguaje encriptado ya que luego me cuesta la vida averigüar qué mierda he escrito, víctima del impulso huracanado de esas ideas que se atropellan dentro de mi cabeza.

A Sebas, el protagonista de El admirador de Kerouac, le ocurre algo bastante similar, pues se pasa toda la noche escribiendo una final alternativo al que está a punto de vivir con Verónica. En realidad, dejo una pincelada de una vivencia personal en este personaje. Solo que Sebas utiliza el portátil y yo me tuve que conformar con material más rudimentario. Por cierto, uno de mis fetiches son los cuadernos.

Los gorriones que vivían frente al manzano de aquella casa empezaron a piolar poco antes de amanecer y yo no había terminado todavía. Poco quedaba, pero ya no daba más, se me cerraban los ojos y comencé a preguntarme qué estaba escribiendo. Una neblina en los ojos, una barrera en la mente. Estaba vacio y completo a la vez.

Preparé una cafetera y me tomé una pastilla para el dolor de cabeza. Al volver, observé entre el asombro y la satisfacción aquellos dos cuadernos rebosantes de palabras y varios bolígrafos sin tinta sobre la mesa. Estoy seguro que muchas veces has mirado tu cama deshecha después de echar un buen polvo, te sientes contento y mientras sonríes, te vienen flashes de la noche salvaje. Así me sentía yo, solo que el polvo era el café soluble de la taza humeante.

No lo supe entonces y no me daría cuenta hasta pasados unos cuantos años, pero mi estilo es así, desde las vísceras, sin florituras lingüísticas. Sé de uno que se atrevió a decir que tengo algo de reguetón en mis textos «porque llego a la gente», así lo argumentó.

Sin acritud, ¿eh? XD

Tiene razón. Puede que no elegiera bien las palabras para explicarse, pero tiene razón. Y eso es un punto a mi favor. Si un escritor llega al lector a través de sus textos (novelas, relatos, poesía, etc), ya ha dado un buen paso hacia adelante.

¿Por qué escribo así y no de otro modo? La respuesta rápida haría una referencia directa a las gónadas, pero como no se trata de eso, diré que yo escribo desde las vísceras porque es como mejor me siento y porque, con mucha frecuencia, me sirve como terapia. Y también porque mi adicción al cosquilleo de las palabras saliendo por los dedos es intratable.

¿Hay algún taller como el de alcohólicos anónimos pero de escritores adictos al sonido del teclado, por ejemplo?

Yo escribo así, como un luchador que tiene su propia manera de lanzar puñetazos a su contrincante.

No digo que mi escritura sea violenta, sino que trato de escribir desde dentro, con las vísceras en las manos para que el lector sienta y experimente en su propia piel la historia que le estoy narrando. Soy tímido, aunque no te lo creas, por eso escribo así, tan cercano, quizás demasiado, cuando la distancia es lo único que se interpone entre los dos y el ratito que coincidimos es cuando tus ojos se clavan en las páginas del libro.

¡Besos y abrazos!

4 thoughts on “¿Por qué escribo desde las vísceras?

  1. Oye, que el comentario que te hice no era una crítica sino todo lo contrario. Yo es que intento no usar nunca palabrotas al escribir pero porque soy así (hablando, ya es otro cantar, jajajaja) y entonces me choca un poco cuando lo leo pero, como te comentaba, hay ciertos relatos donde no puedes pretender que los personajes hablen como Rosalía de Castro porque se perdería toda la credibilidad. No sé, a lo mejor debería haberme explayado más en el comentario. Sea como fuere, el relato me gustó, por si no había quedado claro… Besotes!!!

    1. ¡¡A mí me encantó tu comentario, es que tienes razón!! De hecho, tu comentario motivó este post 😛
      Lamento que haya sonado mal, no era mi intención 🙂

      Qué sería de este blog sin tus comentarios, ¿eh?

      ¡Besazos enormes para ti sola!

  2. Hola David,

    Creo que una de las mayores fuerzas que tenemos como escritores es canalizar nuestras experiencias en lo que escribimos. Y mejor si estas experiencias son ricas en variedad e intensidad.

    Me parece genial que participes en el reto de las 5 líneas de Adella Brac, tengo ganas de participar en alguna iniciativa de este estilo. 🙂

    ¡Un abrazo!

    1. Lo has explicado mucho mejor que yo. Al fin y al cabo, todos los escritores se nutren de sus propias experiencias para las historias 😛

      ¡Un abrazo y muchas gracias por pasarte!

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